“Tu eres la mejor madre del mundo” de José María Paricio

Acabo de empezar a leer el libro del pediatra José María Paricio y hay un par de citas que me han encantado y que rescato por aquí. En realidad, no son ni sobre lactancia ni sobre la crianza, sino sobre pensamientos que ocurren mucho antes y que se ven influenciados por la cultura en la que vivimos. Allá va:

Pg. 20: “Tanto si deseasteis el hijo o si vino sin querer o sin planear, pero lo aceptasteis como un regalo de los dioses – de vuestros amores-, el resultado va a ser similar. Un hijo querido no lo es más por planificarlo. Un hijo querido no lo es menos por no haberlo deseado en absoluto. Desconfiad de quien os diga lo contrario: hay quien vive de la culpa ajena, parece regodearse en ella y se empeña en convenderos de tal”.

Pg. 21: “El concepto de hijo deseado, hijo querido o hijo planificado es muy reciente, de los últimos 100 años y desde que existe, ni los seres humanos – los deseados – son más felices, ni ha disminuido la injusticia en el mundo y seguimos matándonos en guerras terribles, así que no nos armemos tanto lío: por ser modernos, deseemos y planifiquemos a nuestros hijos si nos da tiempo, pero si no, bienvenidos y bien queridos sean. Brindemos por ellos y amémoslos sin complejos ni culpas, ni normas. Rechacemos como en la canción el cómo pudo haber sido y no fue”.

Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung

En el libro de “Nisa: La Vida y Palabras de una Mujer !Kung”, la autora nos cuenta que esa cultura de cazadores-recolectores el ratio de mortalidad materna es de 2 muertes maternas por cada 500 nacimientos. Teniendo en cuenta que, aunque el primer parto pueden estar acompañadas por alguna mujer experimentada, normalmente paren solas sin asistencia en las cercanías del poblado, sentadas, sin moverse y sin emitir sonidos esperando con actitud estoica aunque sientan dolor… ¿Tiene sentido toda la preparación al parto? ¿Cómo es posible que nosotras necesitemos tanta intervención médica, apoyos emocionales, métodos contra el dolor y demás para parir? A mi desde luego me ha dejado perplejísima esta cifra porque pensaba que sería muchísimo mayor… Incluso podemos imaginar: si tuvieran la tecnología que nosotros tenemos más cerca esas 2 únicas muertes por cada 500 nacimientos serían los 2 únicos partos dificultosos que serían intervenidos, medicalizados o por cesárea. Añado también que la mortalidad infantil en el primer año es muy alta y está en el 20%.

Si sabéis inglés, no os podéis perder este libro:

http://books.google.es/books?id=up4_q8ooKO0C&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false

Siete mentiras sobre la maternidad

Me encanta escuchar el programa de radio Matrioskas, de Radio Almaina. Esta última emisión trata sobre un capítulo del libro de Casilda Rodrigáñez y Ana Cachafeiro “La Represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”:

No dejéis de visitar su blog, allí ponen material adicional, todos los capítulos del programa y las canciones de licencia libre que utilizan: Matrioskas.

Entrevista a la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, por Eric Michael Johnson

¡Soy feliz! Eric Michael Johnson, el autor del blog “The Primate Diaries” me ha dado autorización para traducir su maravillosa entrevista a la primatóloga Sarah Blaffer Hrdy que os traduzco a continuación. Quiero agradecer a mi amigo Peter López su ayuda para resolver dudas con algunas expresiones en inglés:

“Sarah Blaffer Hrdy” por Nathaniel Gold

En mi artículo de portada de esta semana en Times Higher Education presenté la vida y obra de la famosa primatóloga y teórica evolutiva Sarah Blaffer Hrdy. Aunque ella nunca tuvo la intención de ser una radical, ha tenido sin embargo una influencia radical en la forma en la que la primatología y la biología evolutiva abordan las estrategias femeninas así como en las influencias evolutivas de los niños.

Hrdy se graduó summa cum laude en el Radcliffe College de Cambridge, Massachussetts y recibió su doctorado en antropología en Harvard. Es una ex becaria Guggenheim y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias, la Academia Americana de Artes y Ciencias, y la Academia de California de Ciencias. Actualmente es profesora emérita de la Universidad de California, Davis.

En nuestra discusión, Hrdy explora su propia vida así como sus experiencias personales  la inspiraron a preguntarse preguntas diferentes a las de muchos de sus colegas científicos. A pesar de que no parece una idea particularmente dramática la de enfantizar las presiones de la selección evolutiva en las madres y sus crías, se trata de una visión reveladora en el sexismo inconsciente (y a veces totalmente consciente) que ha sido una parte del proceso científico. A través de su trabajo, en libros como el de “La Mujer que Nunca Evolucionó”, seleccionado por el New York Times como uno de los Libros Notables de 1981, “La Madre Naturaleza: Una Historia de Madres, Niños y Selección Natural”, elegido por Publisher’s Weekly y Library Journal como uno de los “Mejores Libros de 1999″ y, el último, “Las Madres y Otros: Los Orígenes Evolutivos del Entendimiento Mutuo”, Hrdy ha desafiado, y trascendido, muchas de las suposiciones incorrectas que los biólogos han mantenido desde la era Victoriana. Es un cuerpo de trabajo que sigue provocando e inspirando a una nueva generación de científicos y que fue de gran influencia en mi propio trabajo científico.

La científica como alomadre. Hrdy con Shanika, la hija de su colega el Dr. Anula Jayasuriya. Imagen cortesía de Sarah Hrdy.

Eric Michael Johnson: ¿Por qué crees que es importante mirar a las madres y a los niños desde una perspectiva evolutiva?

Sarah Blaffer Hrdy: Si realmente queremos aumentar la conciencia darwinista necesitamos expandir las perspectivas evolutivas para incluir las presiones de selección darwinistas en madres y en niños. Mucha de nuestra narrativa humana es sobre las presiones de selección pero, cuando te paras a pensar y a analizar las hipótesis, son realmente sobre las presiones de la selección en los hombres: hipótesis de caza o hipótesis de conflictos letales intergrupales para explicar los cerebros humanos. Bien, ¿quiere decir eso que las mujeres no tienen cerebro?

Johnson: En un sketch autobiográfico publicado en el libro “Líderes en Comportamiento Animal” escribiste: No fue ningún accidente que yo me interesé después en los orígenes evolutivos e históricos del matrimonio patrilocal, la herencia del sesgo masculino, la sexualidad femenina y la preocupaciones obsesivas de la gente por controlarla”. ¿Cuándo empezaste a interesarte en estos temas y cuáles eran algunas de las motivaciones principales que tenías en esa época?

Hrdy: Debes tener en cuenta dónde crecí y cuándo. Fue en el sur de Tejas. Nací en 1946 así que crecí durante los años 50. Esta era una sociedad muy segregada y realmente muy patriarcal. Crecer en Houston era bastante parecido a crecer en Sudáfrica. También en mi familia los hombres tenían un rol muy especial. La buena noticia, en un sentido, es que era la tercera hija nacida en una familia de cinco. Era una familia muy rica y yo era una especie de heredera de repuesto. Así que no ponían demasiada atención en lo que yo hacía, aunque tuvieran ideas muy fijas sobre con quién debería casarme y qué clase de vida debería vivir. Pero una vez que fui perdida de vista en la escuela, estaba bastante fuera de su mente, lo que era bueno para mí. Así que me fui de la escuela cuando tenía 16 años y creo que fue el comienzo de mi desarrollo intelectual.

Hrdy: Esto era en medio de lo que Betty Friedan después llamó “la mística femenina”. ¿De qué forma viste esta insatisfacción en juego en las mujeres a tu alrededor? ¿Cómo interpretabas esto como una chica que miraba a los mayores como modelo de condición de mujer?

Hrdy: Oh Eric, yo estaba muy despistada. No entendía. No tenía ninguna conciencia política. Estaba dándome cuenta por mi misma. Todavía recuerdo estar sentada en un seminario sobre simios en Harvard y la discusión giraba en torno a las mujeres que eran intercambiadas entre grupos como una forma de conectar hermandades masculinas y conseguir alianzas entre grupos. Recuerdo pensar para mi misma, “Esto es como debe ser ser un negro escuchando una charla en apoyo al Ku Klux Klan”. No tenía ni idea de la cultura en la que había crecido y la manera en la que las mujeres eran vistas en ella. No tenía ni idea de qué iba esto y cómo funcionaba. Estaba aprendiendo de gente más consciente políticamente a mi alrededor que, creo, a menudo se sorprendían de mi ingenuidad. En esa época el comportamiento primate y todo el esfuerzo evolutivo estaba impregnado de preconcepciones victorianas. Así que yo reaccionaba, desde un nivel muy visceral, incluso antes de darme cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Johnson: ¿Y cuando entraste en la universidad?

Hrdy: El año que me gradué (en Radcliffe en 1969) no había ni una sola profesora en Harvard y yo fui la primera mujer estudiante graduada de mi profesor. Los modelos femeninos, especialmente en ciencias, eran casi inexistentes. La aproximación a la biología era algo diferente para mí que ser una estudiante universitaria de antropología cultural. La narrativa dominante sobre las vidas sociales de los primates era la del babuino de la sabana donde los machos son muy políticos y dominantes y se ayudan unos a otros para controlar a las hembras. ¿Estás familiarizado con estas historias?

Johnson: Por supuesto, ese fue uno de los paradigmas dominantes para la evolución humana en ese momento.

Hrdy: Y lo era. Eso era lo que yo estaba escuchando y eso era a lo que yo respondía. No había realmente consideración a cuánta variación existía entre las mujeres. Recuerda, los modelos de entonces sostenían que había diferencia en el éxito reproductivo de los machos y no había diferencia en el de las hembras. Se asumía que toda hembra sería una madre y se reproduciría al máximo de su capacidad por lo que las hembras estarían produciendo aproximadamente el mismo número de descendientes de cada mientras que, con machos, podrían hacerlo tremendamente bien o ser un cero completo – eso era lo que se llamaba el “Paradigma Bateman”. Supuestamente, como el ovario era más grande y más rico en recursos que el esperma, eso significaba que había muchos pequeños espermatozoides compitiendo activamente por un gran, rico óvulo. Esa era la base de la suposición de que la presión de la selección era más fuerte en machos que en hembras.

Algunos de los libros de Hrdy’: La Mujer que Nunca Evolucionó, Madre Naturaleza, y Madres y Otros.

Johnson: ¿Qué te llevó a cuestionar este paradigma?

Hrdy: Fue después de que comenzara a estudiar a los monos langur que comenzó a abrirse paso en mí cuántas fuentes de variación había de éxito reproductivo femenino. Esto ponía en cuestión el viejo paradigma. Se había asumido por tanto tiempo que los hombres eran básicamente poligínicos (muchas compañeras sexuales) mientras las hembras eran monoándricas (un único compañero sexual). Observar a los langures me concenció de que esto no era verdad. Cuando examiné la literatura más amplia me di cuenta de lo común que era el apareamiento poliándrico en las hembras entre los primates. Ahora nos damos cuenta de que no es solamente en los primates, es en todo el reino animal.

Todo esto empezó a emerger en esa época y cuajó en mí en un artículo que preparé para la primera (y la única realmente) conferencia abiertamente feminista a la que asistí organizada por Ruth Bleier en 1985. Casi ninguno de mis colegas de biología leyeron ese ensayo – “Empatía, Poliandria, y el Mito de la Mujer Tímida” en esa época, pero ha sido recientemente publicado en “Conceptual Issues in Evolutionary Biology” (pp.131-160) de Elliot Sober. El ensayo era sobre lo inaplicable, o mal aplicado, del paradigma Bateman. Había mucho más selección en las hembras para aparearse con varios hombres por una variedad de razones: desde razones genéticas a extraer más inversión, o confundir el tema de la paternidad. En los años 70, reconocí que la confusión de la paternidad era lo que estaba ocurriendo en los langures. Pero esto era una herejía entonces. Ahora creo que está ampliamente aceptado. Creo que la historia y el origen feminista de esta idea ha sido olvidado lo que, de alguna manera, es muy malo porque sabemos lo que ocurre cuando olvidamos la historia, los viejos errores se repiten, se reinsertan los viejos sesgos. No veo ninguna razón por la que alguno de estos mismos sesgos no podría volver con otras formas como parece que ocurre en nuestra esfera política hoy.

Johnson: Hace tiempo te entrevisté sobre los patrones de residencia patrilocal y como eso altera las elecciones sexuales de las hembras. En contraste, las sociedades matrilocales son más propensas a ser igualitarias. ¿Cuáles son los factores que conducen a las diferencias entre estos dos sistemas?

Hrdy: Creo que en las sociedades en las que las mujeres tienen más que decir, y eso suele ser en las sociedades que son matrilocales y con descendencia matrilineal o donde, como es a pequeña escala en muchos cazadores-recolectores, tienes fronteras sociales porosas y patrones de residencia flexibles. Si tuviera que decir que clase de patrones de residencia tenían nuestros ancestros habrían sido muy flexibles, lo que Frank Marlowe llama multilocales. Esto quiere decir que algunas veces eran matrilocales y otras veces patrilocales y vivían con la familia del hombre. O a veces no vivían ni con ninguna de las familias porque podían votar con sus pies y moverse lejos si alguien era opresivo. Creo que estas fronteras porosas y patrones de residencia flexibles eran muy importantes para nuestros ancestros. Pero, con el tiempo, con la construcción de las poblaciones y la propiedad se hizo mucho más importante – y también se convirtió en importante defender la propiedad – es cuando se hizo mucho más duro moverse entre grupos. Las fronteras se hicieron menos porosas pero también los hombres tendieron a quedarse juntos. Los hijos se quedarían cerca donde estaban sus hermanos y padres porque eran los mejores aliados para defender un recurso en particular.

Como sospecho que sabes, estoy convencida de que hasta hace muy poco en historia humana – y por supuesto, para mi, hace muy poco quiere decir hace 10-20.000 años – la gente no defendía los recursos. Las áreas eran tan amplias que es muy difícil imaginar a nadie defendiéndolas. Tampoco había ninguna propiedad, así que tampoco estaban defendiendo eso. Algunas personas han argumentado que estaban defendiendo a las mujeres porque los hombres siempre buscaban esposas y mujeres extra para tener relaciones sexuales. Pero la cosa es que, entre los cazadores-recolectores, la forma de criar con éxito es tener ayuda aloparental y abastecerse de ayuda de otros. Cualquiera que vaya matando a los familiares de su esposa y robando mujeres va a tener menor probabilidad de criar a la prole. Estas bandas guerreras de hermanos no aparecieron hasta hace muy poco, cuando la gente se volvió más sedentaria. Por estas razones, creo que nuestros ancestros cazadores-recolectores tenían un patrón de residencia flexible y que las fronteras de grupo eran porosas.

Johnson: Como defiendes en tu último libro, “Las Madres y Otros”, los humanos evolucionaron como criadores cooperativos. Sin embargo, la mayor parte de los estudios psicológicos (y casi todos los libros de consejos para padres) asumen que la familia nuclear es una parte integral de la naturaleza humana. ¿Cómo influye esta suposición en el tipo de consejos que reciben los padres?

Hrdy con su bebé recién nacido, Katrinka. Imagen cortesía de Sarah Hrdy.

Hrdy: En la época en la que estaba acabando “Mother Nature”(Madre Naturaleza) me di cuenta de que simplemente no había ninguna forma por la que un simio con los rasgos de historia de vida observados en humanos pudiera haber evolucionado a no ser que nuestros ancestros hubieran sido criadores cooperativos. Con esto me refiero a una especie donde los alopadres, personas que no sean los padres, hubieran ayudado a cuidar y también a abastecer a los jóvenes. Esa es la mejor explicación para los rasgos de historias de vida que tenemos en los humanos, estos periodos muy largos de dependencia que los antropólogos que estudian a los cazadores-recolectores han documentado. En otros simios, una vez que los jóvenes se destetan son básicamente independientes nutricionalmente. Pero en los humanos las crías van a tener 18-20 años cuando lleguen a producir tantas calorías como las que consumen. Así que su dependencia dura mucho tiempo. El trabajo de Hillard Kaplan ha sido muy importante para mí. Él estima que se necesitan 13 millones de calorías para criar a un ser humano desde el nacimiento hasta la independencia nutricional y que esto es mucho más de lo que una mujer podría proveer por sí misma. Además, el trabajo de antropólogos como Kristen Hawkes y James O’Connell ha mostrado que se necesitaría más de lo que la madre y el padre podrían haber proporcionado.

Johnson: ¿Y quién estaba ayudando?

Hrdy: Ahí es dónde se están proponiendo diferentes énfasis y soy de la opinión de que es algo muy oportunista y que las madres reciben ayuda de donde se puede. Puede venir de las abuelas, como Kristen Hawkes ha subrayado, y de mujeres post-reproductivas. También puede venir de padres y hombres que podrían ser los padres, de familiares patrilineales, familiares matrilineales, hermanos mayores, tías, tíos, e incluso a veces no familiares que resulta que están en el grupo y que se están ganando el sustento ayudando a criar a los jóvenes. Sería un surtido variado de ayudantes, aunque serían miembros del grupo muy familiares con el niño.

Johnson: ¿Cómo puede el pasado humano ayudarnos hoy a diseñar sistemas de crianza más compatibles que estén más orientados a las necesidades de los niños?

Hrdy: Lo que hemos aprendido de Bowlby, que ha sido tan importante para mí con la teoría del apego, es que los niños necesitan esta sensación de seguridad que viene de tener relaciones cercanas con gente a su alrededor. Pero donde me aparto de Bowlby es en asumir que la madre es la única figura de apego. Por supuesto, después, Bowlby se corrigió a sí mismo bajo la influencia de Mary Ainsworth, así que quiero reconocerle el mérito a Bowlby por haber cambiado sus puntos de vista a lo largo de su carrera. Pero, durante la mayor parte de ella, estuvo convencido de que la madre era más que la cuidadora primaria, ella era la que más importaba. Como consecuencia, muchos estudios de la teoría del apego se centraron en la relación del niño con su madre. Aún así, un puñado de estudios realmente vieron, observaron, que los niños con múltiples figuras de apego tienen mayor capacidad para integrar los puntos de vista de varias personas. El trabajo de Marinus von IJzendoorn y Avi Sagi-Schwartz ha sido especialmente importante para mí en este sentido. La toma de perspectiva es una de las principales diferencias entre los seres humanos y algunos de nuestros parientes simios más cercanos. No sabemos realmente si un niño que tiene, por ejemplo, igual cantidad de cuidado de una madre y una abuela o más cuidado de un padre no puede estar igual de segura con esa persona que como con la madre. Sin embargo, predigo que lo harían.

Johnson: ¿Cómo afecta la asunción de la familia nuclear estándar a los tipos de enfoques que los seres humanos tienen hacia la crianza? Si, como dices, hemos evolucionado como criadores cooperativos?

Hrdy: No creo que pueda ser separado de las tradiciones patriarcales. Una mujer que vive en un escenario patrilocal está rodeada de la gente de su marido. Es una figura bastante aislada y su papel va a ser, en esencia, una máquina de criar para la línea paterna. No tendrá apoyo social dentro de la comunidad de su marido. De esa larga tradición emerge esta visión de la mujer como una criatura de entrega y dedicación total que se vuelve hacia sus hijos. Fui hacia atrás y leí algunas de las primeras visiones estereotipadas de la maternidad en Europa Occidental y todas ellas estaban fusionadas con nociones de caridad y de la entrega de la mujer como el modelo de lo que debería ser una mujer. Si te paras a pensar en esto te das cuenta de que todas son desde la perspectiva de la patrilinealidad y de la perspectiva del hombre. No tiene en cuenta la perspectiva de la mujer.

SEGUNDA PARTE DE LA ENTREVISTA:

Sarah Blaffer Hrdy sobre las lecciones evolutivas de la Maternidad

Tal como analicé en mi artículo: “Las mujeres y los niños primero”, Sarah Blaffer Hrdy ha enfrentado innumerables desafíos a lo largo de su carrera científica. Sin embargo, parte de lo que hace su trabajo tan innovador y emocionante de leer es como ella ha usado esos desafíos para obtener una perspectiva más profunda en el proceso de cambio evolutivo. Mientras que lo que solía ser asumido universalmente (y en algunos círculos todavía es) que los machos de muchas especies a menudo buscan múltiples parejas sexuales, la lógica evolutiva para las hembras fue amarrada a las ideas victorianas de la castidad femenina. Irónicamente, todo lo que les hizo falta a los biólogos fue prestar atención y documentar qué hacía en realidad la hembra de la especie para socavar un siglo de hipótesis científicas. El trabajo de Hrdy, comenzando con “La mujer que nunca evolucionó”, fue fundamental para un cambio de perspectiva que se ha producido durante los últimos treinta años.

El enfoque que su reciente trabajo ha tomado con “Las Madres y Otros: los orígenes evolutivos de la comprensión mutua” ofrece nada menos que una reorientación de lo que significa ser humano. Si, como propone Hrdy, somos una especie que ha prosperado como resultado de de crianza cooperativa , una estrategia de educación de los hijos en la que una red de personas ayuda a criar a un niño sano, desafía muchos de los supuestos individualistas en los que se basa la sociedad occidental, particularmente en los Estados Unidos. Cómo podemos cambiar nuestra sociedad para volver a enfatizar la comunidad será el proyecto con el que esta generación va a tener que lidiar. Afortunadamente, hay estudiosas como Hrdy para ofrecer su visión para que no nos sintamos solos mientras lo hacemos.

Eric Michael Johnson: Tomaste una decisión difícil, poco antes de recibir la oferta para escribir “Madre Naturaleza”, eligiendo un equilibrio vida-trabajo diferente del de la carrera de académicaestándar. ¿Cómo te influenció la primatología en tus decisiones mientras pensabas en la vida familiar y tener hijos?

Sarah Blaffer Hrdy: En 1986 presenté una propuesta a la Fundación Guggenheim para escribir un libro sobre la historia natural de la maternidad. Así que yo ya estaba pensando en eso. Tenía 41 años y fue también el año en el que mi tercer hijo, Niko, nació y, estoy segura que esto no le va a sorprender a Eric, pero el libro sobre la historia natural de la maternidad no se escribió en ese año. Escribí un artículo sobre la delegación de la atención materna, el artículo sobre las nodrizas, pero ni siquiera me acerqué a conseguir tener el libro escrito. Tenía tres hijos y después mi hermano y mi madre murieron un año después del otro. Como mi madre se estaba muriendo estaba muy dividida entre las necesidades de mis hijos y mi trabajo en California. Yo estaba muy unida a ella y ella me necesitaba en Texas. Comencé a sufrir todas estas enfermedades psicosomáticas, tales como dolor de espalda y cuello, migrañas. No estaba funcionando para mí. Además de que siempre había querido ser escritora, como usted, creo.

Johnson: Sí.

Hrdy: El equilibrio de mi vida no estaba bien. Por otra parte, el estado de mi campo era tal que la enseñanza en un departamento de antropología no me traía mucha satisfacción. Es muy difícil hablar de ello y decir la verdad, porque había muchos ángulos diferentes. Pero, básicamente, escribí una propuesta de libro, lo presenté a los editores, hubo una subasta, el libro fue vendido, y de inmediato renuncié a la universidad. Me ofrecieron tomar el estado de Profesora Emérita, que me pareció una oferta atractiva. No viene con ninguna pensión o beneficios médicos, pero como mi trabajo había sido tan controvertido, fue una manera para mí de dejarlo con dignidad. Así que eso es lo que hice. Eso era 1996 y los siguientes tres años no hice nada, excepto escribir y atender a mi familia (y, como ya sabes, sólo porque ya no sean bebés no significa que no necesiten mucha atención).

Johnson: Conozco eso bastante bien. Mencionabas antes la importancia del apego en el desarrollo del niño. ¿Cómo ves ese papel hoy?

Hrdy: ¿Recuerdas aquel terrible caso de Andrea Yates, la madre a la que se dejó sola cuando ya estaba sufriendo depresión postparto? Puede que incluso ella hubiera estado sufriendo condiciones mentales peores que esa. Creo que tenía 5 hijos de menos de 8 años. Un día pierde completamente la cabeza y mata a sus hijos en Texas y fue a prisión. Laatención se centró enlo horrible queeraesto, y, por supuesto que lo era. Pero no hubo un mayor cuestionamiento. ¿Qué estaba haciendo esta madre,que sufría abusos psicológicos que ya habían sido identificados, a solas con cinco hijos y sin apoyo social o institucional de cualquier tipo?

Hrdy en la portada de la revista Boston Globe Sunday.

Creo que está volviendo en círculos sociológicamente informados el hecho de reconocer en nuestra especie lo mucho que necesitan las madres el apoyo social. Pero ciertamente no es generalmente reconocido a nivel, por ejemplo, de los políticos que aún están por ahí hablando de que saben que los niños son más saludables cuando son criados con una madre que está casada con su padre. Tenemos poderosas prescripciones sociales sobre esto sin ningún dato que lo respalde. Decir que una mujer casada con hijos en realidad está mejor que una madre soltera con una sola persona que se ocupe de los niños, así, eso es obvio. Pero no sabemos, por ejemplo, que los niños están mejor de lo que estarían si estuvieran en una familia con una madre y un padre y una abuela y sobrinos en la familia, o si estarían en mejor situación con una abuela, una tía, y una madre. En realidad, no lo sabemos porque esos no son los tipos de estudios que hemos hecho. Todos los estudios han examinado casado versus no casado o familia nuclear versus madre soltera.

Tenemos que hacer mucho más antes de que podamos hacer este tipo de afirmaciones. Los jueces toman decisiones acerca de si los niños pueden estar en una escuela en particular o sobre quién puede tener la custodia de los niños en función de la hipótesis de que los niños están mejor en ciertos tipos de configuraciones familiares. Pero hay tan poca ciencia en realidad informando en estos pronunciamientos. Los historiadores de la familia y muchos trabajadores sociales han sentido durante mucho tiempo que los niños realmente les va mejor en familias extensas. Así que estoy bastante complacido de notar, ya que estamos saliendo de esta terrible recesión y el colapso del mercado de la vivienda, que una de las pocas áreas brillantes del mercado de la vivienda son las casas y piso multifamiliares que se están construyendo. En realidad, hay habitaciones especiales para que los suegros o abuelos puedan vivir con las familias nucleares. Creo que parte de la razón de esto es, por supuesto, financiera, ya que las personas están luchando para pagar su alquiler o hipoteca. Pero también creo que hay un reconocimiento de que estas personas adicionales están jugando un papel muy importante en la prestación de la clase de ambiente acogedor que nuestros hijos necesitan. Me alegro de verlo.

Johnson: ¿Hay otras sociedades que hayan reconocido esto?

Hrdy: De hecho, sí. Por ejemplo, en países como México tienen todavía tradiciones intactas de familias extensas. Sin embargo, como nosotros, y por las mismas razones, se están apartando de eso. Es realmente una lástima. Pero nuestro entorno económico está configurado para que la gente se mueva donde pueda obtener puestos de trabajo y nuestras configuraciones de vivienda no están diseñados para vivir con familiares o en estrecho contacto con otros miembros de la familia. Parece que tenemos una mayor preocupación por la privacidad y la posesión de casas individuales rodeadas por sus propios patios. Todo esto realmente no conduce a lo que necesitan los niños.

Johnson: ¿Qué ocurre?

Hrdy: Bueno, por una parte, gran cantidad de abusos y negligencia infantil. Está probablemente aumentando, pero cuando digo aumentando tienes que prestar atención a lo que yo tomo como punto de partida. Si empiezas desde los tiempos medievales, creo que los niños son tratados mucho mejor hoy en día. No los envolvemos y los colgamos de una puerta mientras las madres y otros miembros de la familia se van a los campos a trabajar, no los colgamos para que no se caigan al fuego o sean comidos por los cerdos. Afortunadamente no vemos el nivel de abandono que hubo, por ejemplo, Francia del siglo 18 que describo en la Madre Naturaleza donde los bebés eran enviados a las nodrizas en el campo y luego (si contra todo pronóstico sobrevivían) eran arrebatados y devueltos a una madre que apenas conocían. En comparación con las fases anteriores de la civilización occidental los niños están mejor hoy. Pero no en comparación con nuestros antepasados ​​del Pleistoceno. Las tasas de supervivencia infantil son exponencialmente más altas hoy. Eso es verdad. Pero los niños que sobrevivían en ese entonces estaban en realidad mucho mejor en términos de la clase de ambiente enriquecedor que experimentaron. Las tasas de mortalidad infantil eran altas, pero no había abuso o abandono emocional. Un niño que ha experimentado el tipo de abandono emocional que se necesita para producir la psicopatología de apego inseguro, del tipo mostrado en Bowlby y el trabajo de Harlow, simplemente no habría sobrevivido. Los padres y otros miembros del grupo eran muy sensibles a cualquier cosa que pudiera poner en peligro la supervivencia de un niño.

Si nos fijamos en los relatos etnográficos a nivel de banda de cazadores-recolectores de África o Melanesia -aunque no estoy segura de que pueda decir esto para América del Sur- lo que salta a la vista es la indulgencia hacia los niños. El abuso infantilno habríasido tolerado. Otros miembros del grupo habrían intervenido, los responsables socialmente condenados al ostracismo, posiblemente incluso expulsadoa del grupo si perjudicaban a un niño. No era aceptable. No tenemos esta misma sensibilidad hoy por una serie de razones. Creo que hoy tenemos una epidemia de abandono emocional de los niños, que es completamente no reconocida

Johnson: ¿Por qué crees que la crianza cooperativa desapareció de la estrategia parental?

Hrdy: Creo que lo que desapareció fue la flexibilidad en el lugar de residencia para las mujeres. Creo que cuando los grupos de cazadores-recolectores se hicieron más grandes y gente más compleja tuvo que comenzar la defensa de los territorios más comprimidos donde se ganaban la vida. Este fue ciertamente el caso con la revolución neolítica y la invención de la agricultura. Con el tiempo, a medida que se construían las poblaciones, a medida que la propiedad se convirtió en algo mucho más importante – y también se convirtió en importante defender la propiedad – ahí es cuando las fronteras se volvieron menos porosas y los hombres se quedaron juntos. Para defender áreas fijas tenía sentido quedarse cerca de los hermanos y los padres. Las alianzas de parientes varones se convirtieron en mucho más importantes. Entonces creo que pasaron dos cosas: Las mujeres se movían entre los grupos a los lugares donde ellas no tenían familiares matrilineales y los hombres se quedaban donde estaban, lo que cambiaba el equilibrio de poder en todo tipo de relaciones familiares. Pero también había límites de los grupos que ya no eran tan porosos como lo habían sido. Esto significaba que una mujer no podía simplemente coger sus hijos y dejar de estar cerca de sus parientes si ella no estaba siendo bien tratada. Creo que esa fue la primera gran transición, las mujeres perdieron la autonomía sobre sus propios activos de crianza. Y, por supuesto, con la patrilocalidad y la influencia de la descendencia patrilineal, se empieza a tener un problema con la castidad femenina por lo que realmente importa si una mujer”se va por su cuenta”. No sólo pierden las mujeres sino que los niños también tienen que encajar el golpe.

Johnson: ¿De qué manera se llevó esto a cabo? ¿Cuál fue el efecto en las mujeres y los niños?

Hrdy: Ten en cuenta las costumbres de las sociedades muy patriarcales, como la práctica del suttee en algunas partes de la India, donde después de que el marido muere la viuda tiene que arrojarse a la pira funeraria y quemarse viva. Esto protege los intereses patrilineales y la viuda no puede volver a casarse y confundir líneas familiares o reclamos de propiedad, o deshonrar a la línea paterna por conducta sexual inapropiada. Pero esto es sólo una manera de verlo. Si lo miras desde el punto de vista de los niños se ve la forma en que se ven privados de estas alomadres críticamente importantes, sus tías abuelas y abuelas y a veces incluso a sus madres. Eso es sólo un ejemplo; por supuesto, hay muchos otros. Sabemos por la maravillosa obra de Donna Leonetti comparando grupos geográficamente próximos, uno patrilineal en Bengala, y uno matrilineal en Assam, donde ponen prioridades muy diferentes sobre el bienestar del niño. En las sociedades donde las mujeres tienen más voz y capacidad de compra, las mujeres tienden a estar mejor. Mientras las ideologías patriarcales promueven la fertilidad, socavan el bienestar del niño. En la historia reciente esto se ha atado a otras tradiciones como que a la mujer se la considere responsable de todo lo que les sucede a sus hijos. Si algo sale mal, culpa a la madre. Tenemos que repensar eso. Si evolucionamos como criadores cooperativos, cuando las cosas van mal hay que decir que la culpa es de una comunidad más grande antes que de sólo la madre.

Johnson: ¿Cómo influyó tu investigación en primates en tus propias decisiones de crianza?

Hrdy: Como primatóloga estaba familiarizada con las madres chimpancé que llevaban a sus bebés por todas partes. Estaba preadaptada a sentirme impresionada por la teoría del apego. Para mí John Bowlby ha hecho los mayores aportes al bienestar humano que cualquier otro investigador de la evolución con el reconocimiento y la validación de las necesidades de los bebés humanos para sentirse seguros. Así, cuando Katrinka nació en 1977 me sentí como toda buena madre Gran Simia (leer chimpancé!). Necesitaba estar en contacto continuo con mi bebé y responder inmediatamente a ella, si ella lloraba o señalaba alguna necesidad, asegurándome que ella se sentiría segura. Estaba absolutamente convencida de que esto produciría una niña más segura e independiente, nos ahorraría un montón de problemas más adelante. Esto estaba en marcado contraste con la forma en que yo me crié. Las mujeres educadas en la generación de mi madre pensaban que si respondías a un bebé que llora estabas condicionándole a que el bebé llorase más y fuera más exigente. Por supuesto, hoy en día sabemos que lo que sucede es lo opuesto. Cuanto más seguro se encuentra un bebé, permiten tener más libertad a los que les rodean. Quieres responder a un bebé de inmediato y yo lo comprendí. Bowlby estuvo muy influenciado por la primatología y yo estaba influenciada por Bowlby, así que en esencia este evolucionista amablemente victoriano estaba justo ahí conmigo en el cuarto de los niños.

El antiguo profesor de Hrdy, Robert Trivers, proporcionando apoyo aloparental a Katrinka. Imagen cortesía de Sarah Hrdy.

Adoraba a mi bebé. Sin embargo, como una mujer que giraba su vida alrededor de este pequeño vehículo genético (esto no sé traducirlo; habla de un bebé como receptáculo/vehículo que “transporta” tus genes), me sorprendió lo ambivalente que me sentía. Siempre he sentido que mis embarazos fueron de una duración estándar y mis respuestas sexuales parecían ser como la media, así que no había razón para pensar que mis reacciones a la maternidad eran anormales. Me imaginé que tenía que entender la ambivalencia maternal mucho mejor de lo que lo hacía e hice de eso una prioridad de investigación. El libro resultante Mother Nature es realmente sobre amor maternal e ambivalencia. Me di cuenta que la ambivalencia humana maternal es completamente natural. Si, en lugar de evolucionar como chimpancés donde las madres se giran en una dedicación total, de una forma unidireccional hacia sus hijos, hubiéramos evolucionado como criadores cooperativos, tenía sentido que sintiera la necesidad de más apoyo social y más ayuda criando a estos niños que una mujer americana viviendo en Cambridge en los años 1970s pudiera conseguir como postdoctoral. Esto me hizo repensar cómo las emociones maternales y las necesidades infantiles están actuando en nuestra propia especie. En la época en la que nació mi tercer hijo, sentí que tenía a mis patitos en fila. Entendí que mis hijos necesitaban mucho más y también entendí lo que su madre necesitaba. Necesitaba a otros a mi alrededor para ayudarme a proveer la seguridad emocional que estos niños necesitaban.

Johnson: Cuando reflexionas sobre la serie de niñeras que te criaron, ¿cómo te sientes acerca de ello con todo lo que sabes ahora?

Hrdy: En realidad estoy muy interesada en saber más. Acabo de escribir a la hermana menor de mi padre para preguntarle quién me cuidaba cuando yo era un bebé porque yo no lo sé y no hay nadie más vivo que realmente lo sabe. No tengo recuerdos de la infancia y tengo una colega muy respetada, Mary Main en Berkeley que estudia entrevistas de apego adulto y cómo la forma en que recordamos nuestra propia experiencia de crianza afecta la manera en que criamos. Estos resultan ser poderosamente predictivos. Es un área muy controvertida, pero estoy convencida de que, a pesar de que algunas de las cosas de las que hablan son difíciles de medir, son muy importantes.

Quiero saber mucho más acerca de mi infancia y simplemente no lo sé. Tengo la sensación de que otros de mi generación y de mi clase social están en el mismo barco. Cuando mi hermano murió a la edad de 30 años, mi hermana menor me dio su libro de bebé. Me quedé sorprendida por la cantidad de información detallada que había en él. Tuve la sensación de que yo sabía quién había estado cuidando de él y no era el tipo de personas que estarían guardando un libro del bebé. Pero entonces miré más de cerca y me di cuenta de que era mi letra. Yo guardé todas estas notas detalladas sobre el desarrollo de mi hermano, pero no tengo ningún recuerdo de cuidar de él. Encuentro a las personas sin recuerdos de la infancia realmente fascinantes y yo estoy entre ellas.

Johnson: No entiendo. ¿Por qué las personas no tienen recuerdos de la infancia? ¿Es un tema de apego, quizás?

Hrdy: supongo. Perdóname, pero ¿cuál es tu primer recuerdo?

Johnson: Mi primer recuerdo es cuando tenía dos años de edad, más o menos, y estaba mirándome en un espejo a mí mismo.

Hrdy: Wow, eso es metafórico. Eso es maravilloso, Eric. ¿Estabas tratando de decidir si tenías teoría de la mente? [Risas]

Johnson: Solamente recuerdo encontrarlo fascinante.

Hrdy: Me parece que tu recuerdo de infancia es realmente fascinante. Los dos años de edad están más allá de mi comprensión.

Johnson: También recuerdo estar sentado en el regazo de mi padre, alrededor de los dos años de edad, viendo la película de Star Wars. Fue la primera película que mis padres me llevaron a ver.

Hrdy: Oh, Dios mío, Katrinka fue a ver Star Wars. Esa fue probablemente la primera película que fue a ver, voy a tener que preguntarle si ella lo recuerda. Bueno, eso es increíble. Gracias.

Johnson: Muchas gracias por hablar conmigo. Me gustó mucho escuchar tu punto de vista y lo que hizo que seas la investigadora y la persona que eres hoy. Fue un gran placer.

Hrdy: Quizás algún día daremos la vuelta a la mesa, pero te preguntaré primero. Dos años de edad, mirando en un espejo. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? Eso es bueno. Espero que incluyas eso en tu blog algún día para que pueda citarlo. Me encanta.

Johnson: Bueno, claro. Lo haré.

Sobre el autor: Eric Michael Johnson tiene un grado en Antropología Evolutiva especializado en ecología del comportamiento del gran simio. Actualmente es estudiante de doctorado en historia de la ciencia en la Universidad British Columbia en el que observa la interrelación entre la biología evolutiva y la política.

Lactancia y Menstruación en Perspectiva Cultural, un artículo de Barbara B. Harrell (1981)

Hoy voy a hablar de un artículo publicado en American Anthropology en 1981 por Bárbara B. Harrell, en ese momento médico residente del departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Washington. A pesar de que algunas explicaciones sobre fenómenos físicos de la lactancia y la menstruación hayan podido evolucionar en estos treinta años este texto me parece muy interesante para reconciliar lo cultural y lo biológico y entender cómo ha afectado la industrialización a nuestras vidas. Todavía mucho de lo que explica Bárbara B. Harrell no es comprendido ni ha llegado al gran público. También me gusta el tono del artículo: respetuoso y riguroso, sin moralinas, porque no busca convencer sino comprender. La autora simplemente presenta la información y nos muestra cómo eran las cosas en el mundo preindustrial y cómo son ahora, las posibles causas de cómo hemos llegado hasta aquí y algunas reflexiones e interrogantes. Con esa información podemos seguir dándole vueltas, aprender, ver qué camino queremos escoger y cómo los diferentes comportamientos culturales provocan determinados efectos en nuestros cuerpos y nuestras relaciones de lactancia con nuestros bebés.

He intentado dejar claro qué parte es del artículo de Harrell y cuáles son mis aportaciones y reflexiones. En cualquier caso el artículo original se puede leer aquí (hay que subir otro documento a cambio pero es un servicio gratuito): http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

¿Cómo son la lactancia y la menstruación desde una perspectiva cultural? La autora comienza afirmando, como el biólogo Roger Short o más recientemente la antropóloga Barbara Strassmann, que en las sociedades preindustriales la lactancia es prolongada e intensiva, como norma, mientras que la menstruación es poco común. Estos dos hechos están relacionados ya que existen factores culturales que reducen o aumentan la frecuencia en la succión de los bebés, entre otros aspectos, y esto a su vez afecta a la duración de la amenorrea de la lactancia (la ausencia de regla).

Harrell constata que la industrialización ha sido asociada a un declive mundial en la lactancia materna. Antes de seguir hago un inciso, porque yo me enteré de que existía la “amenorrea de la lactancia”, es decir, la falta de regla durante un tiempo de la lactancia, al vivirlo en primera persona con 31-32 años. Nunca antes había oído hablar de ello, lo que también dice mucho del ínfimo papel que tiene la lactancia materna dentro de los conocimientos comunes que tenemos sobre sexualidad humana.

La autora pasa después a invitar a los antropólogos a repensar la condición de la mujer desde un punto de vista fisiológico y simbólico, ya que al vivir en una sociedad (sobre todo en los años 70 y aún hoy) en la que la lactancia materna casi desapareció del mapa muchos estudios de antropología olvidaron y obviaron la lactancia y la consiguiente amenorrea que la acompaña. Es decir, viene a decir que no se puede estudiar una sociedad tradicional desde el ciclo reproductivo moderno, hay que entender el fenómeno desde un punto de vista evolutivo para evitar sesgos. Como hoy en día se amamanta muy poco y se usan anticonceptivos, lo habitual es que las mujeres menstrúen cada mes, pero esto no siempre fue así.

Barbara Harrell hace un repaso sobre lo que se conocía en su época sobre la amenorrea de la lactancia y la ausencia de fertilidad, antes del famoso consenso de Bellagio, apoyado por la Fundación Rockefeller y la OMS (hay información actualizada sobre el método anticonceptivo MELA aquí). Un autor de los años ’60 llamado Christopher Tietze, por ejemplo, estudio la Normandía rural entre 1674-1742 llegando a la conclusión de que el amamantamiento era un anticonceptivo fiable en esa época durante los 10 primeros meses y se dio cuenta de que las mujeres que no amamantaban tenían dos ciclos anovulatorios después antes de volver a quedar embarazadas.

En “Lactancia Prolongada e intervalos entre hijos en Ruanda”, un estudio de Bonte y van Balen, se dieron cuenta de que el 5.4% de las mujeres lactantes se quedaban embarazadas sin menstruar y que las mujeres que amamantaban concebían de media 15 meses después que las que no daban el pecho. En otro estudio de estos mismos autores quisieron comparar las lactancias en la Ruanda urbana y la rural. En el campo se porteaba a los niños a la espalda y se les ofrecía el pecho a demanda. Las mujeres urbanas ofrecían el pecho con horarios. En los resultados se observó una gran diferencia entre la duración de las amenorreas (6.9 las urbanas y 18.6 meses las rurales). Las mujeres de campo concebían 21 meses postparto de media. Entre las no lactantes no había diferencia en si vivían en el campo o la ciudad.

Otro estudio de Boston en los años 60 observó que la amenorrea de las mujeres lactantes fue de media 68 días, solamente 10 días más que las no lactantes. Según los datos de otro investigador, Potter (1965),  en Punjabi había una media de amenorrea postparto de 11 meses. Estimaron que las mujeres Punjabi pasaban el 40% de sus vidas reproductivas en estados amenorreicos (embarazos y lactancias). En Alaska, Berman (1972) constató una media de 10 meses de amenorrea de lactancia de media frente a los 52 días en las que no amamantan. En Guatemala (Delgado, 1979) vieron que la media era de 14 meses de amenorrea de la lactancia.

En EEUU Kippley (1969) hizo un estudio entre las lectoras de su libro “Breastfeeding and natural child spacing” y la media fue de 10 meses de amenorrea, con un rango entre 1 y 30 meses. ¡30 meses son 2 años y medio sin menstruación! La mayor media de amenorrea, 14.6 meses, se consiguió en 29 casos: nada de biberones ni chupetes, nada de sólidos ni líquidos los primeros 5 meses, nada de horarios, con tomas nocturnas y tomas tumbadas o reclinadas. Este estudio demuestra que en mujeres canadienses y estadounidenses bien nutridas también es posible que se produzcan amenorreas de la lactancia prolongadas, al menos bajo algunas circunstancias. Es decir, en el mundo industrializado si se siguen pautas culturales de lactancia preindustriales también se alarga la amenorrea.

El ciclo reproductivo preindustrial

La autora pasa a describir en el siguiente apartado de forma idealizada cómo sería el ciclo reproductivo preindustrial, para después matizarlo y aclarar que había también otros modelos que no se ajustaban a él (célibes voluntarias e involuntarias, las separaciones del compañero sexual…Yo añadiría también a las mujeres que tenían hijos amamantados por nodrizas). Es bastante similar a la realidad que describe Roger Short en el post anterior:

“Una mujer joven se casa un año o dos después de la pubertad y se queda embarazada un año después de la boda. Después de 10 meses lunares de amenorrea del embarazo, da a luz a su primer hijo, que comparte su cama hasta que es destetado. El destete no se completa hasta que el niño puede masticar y es pospuesto probablemente hasta que un segundo embarazo parece obvio. El intervalo de retorno de la menstruación es 13 meses, llegando a 16 meses en muchas sociedades (Tietze 1961). Cuando la ovulación y la menstruación vuelven, el ciclo se repite, generando un intervalo fisiológico de 2 años, 2,5 años”

“Se podría concluir que los meses de menstruación ocupan menos de 1/4 de la vida reproductiva de una mujer”.

Hay tres factores que modifican o matizan la validez del paradigma reproductivo preindustrial: 1) el 50% de las concepciones no resultan en niños vivos y son percibidos como una menstruación retrasada, 2) mortalidad infantil antes del año tiende a reducir la amenorrea, 3) anticoncepción (abstinencia, coitus interruptus, pesarios vaginales…). 

Otros factores interesantes que interactúan con el ciclo reproductivo (de los que también habla Roger Short en su artículo) son el estrés, la malnutrición y el ejercicio físico:

“El ejercicio vigoroso y sostenido puede promocionar la amenorrea, alterando la masa corporal o por otros mecanismos. Es interesante que tanto el estrés y el ejercicio pueden incrementar la prolactina en humanos de ambos sexos. Los dispositivos que ahorran esfuerzos, incluyendo el automovil, pueden reducir el nivel de ejercicio de una población. El grado de fuerza física y estamina que se requiere para las actividades de subsistencia de las mujeres en la mayor parte de sociedades preindustriales podría sorprender al moderno occidental. La inactividad podría ser un factor del declive de la amenorrea de la lactancia observada en las sociedades modernas”.

El periodo de transición y cómo es silenciado en la sociedad industrial

Nunca había oído hablar del concepto antropológico de “transición” en el ámbito de la relación materno-filial, creo que ahora se habla más de “exogestación”, es decir, la gestación que se hace fuera del útero materno. Por ejemplo, se suele decir que el bebé está 9 meses dentro de nuestro vientre y otros tantos meses fuera (o más). Esta idea de la transición fue expuesta por Margaret Mead y Niles Newton por primera vez para describir el periodo en el que los niños son completamente dependientes para su sustento, cuando se sustituye el cordón umbilical por el amamantamiento.

Afirma Harrell: “En las sociedades modernas este periodo de transición está silenciado y puede ser abolido por completo; en las sociedades preindustriales no se puede permitir que ocurra”.

Y aquí es cuando comienza lo interesante de este artículo, ya que comienza a relacionar la silenciación del periodo de transición con la industrialización y la consiguiente reducción del tiempo de amenorrea de la lactancia debida a una menor frecuencia de succión. ¿Y por qué se da este fenómeno? Harrell enumera unos cuantos correlatos culturales en relación al periodo de transición silenciado a los que yo aporto mi interpretación y añado elementos de reflexión basados en mi propia experiencia. Este listado no entra en juicios sobre las diferentes formas de crianza sino que analiza las posibles causas de que el periodo de transición haya sido silenciado con la llegada de la modernidad:

1. El pecho de la mujer es conceptualizado principalmente como algo enfocado hacia los hombres. Se considera que las mujeres no deberían enseñar sus pezones. ¿No nos suena de algo a la censura contra el pezón femenino en facebook?

2. El pecho femenino se ve secundariamente como un órgano que produce leche.

3. Las tomas se ven como deberes que deberían ser espaciados, y se trata de eliminar la toma nocturna lo antes posible. Cuando hay demanda frecuente se cree que es porque se tiene poca leche. Se sustituyen las necesidades de estimulación oral de los bebés por objetos diseñados ad hoc, como los chupetes. Es decir, en la cultura popular industrializada se desconoce totalmente cómo funciona la lactancia materna. Relacionándolo con el tema de la amenorrea y la anovulación, la frecuencia de las succiones y que no pasen demasiadas horas es fundamenteal para mantenerla. Es sencillamente la forma en la que la Naturaleza o la evolución favoreció que las crías humanas sobrevivieran con un intervalo suficiente entre nacimientos. Pero, claro, en el mundo industrializado todo esto deja de tener sentido, de forma aparente, ya que los niños pueden tomar biberón y las madres pueden usar métodos anticonceptivos. Pero no es oro todo lo que reluce… Ni el biberón es igual a la teta para el bebé,  ni el cuerpo femenino ha mutado para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo corrobora el alto índice de casos de cáncer de mama. 

4. El llanto se considera que es algo sano, con ciertos límites. Mi interpretación de lo que dice Harrell aquí es que el llanto del bebé en el mundo industrializado está trivializado, no se entiende que tiene un sentido y se tapa con chupetes, es decir, tetas de látex o silicona fabricadas en serie y en cadenas de montaje. Por no hablar de métodos Ferber o Estivill…

5. Se cree que los adultos necesitan tiempo separados de los niños, tanto con cunas o habitaciones separadas (lo que obliga a que los padres tengan que abandonar la cama para las tomas nocturnas) como en la separación entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños. Tiene más importancia el vínculo matrimonial que el materno-filial.

6. Se considera necesario y deseable organizar las actividades en la base de un estímulo externo como un reloj o calendario. Se hacen las cosas porque “es la hora”. Por Por ejemplo, la gente normalmente come porque es la hora de comer, no porque tengan hambre. La cultura reconoce los conceptos de “hora de bañarse” o “hora de la siesta” como distintos de suciedad o somnolencia. Similarmente, la gente inspecciona sus relojes para decidir si un niño está llorando y chupando su dedo está preparado para comer.

Además de los elementos culturales, Harrell añade otro listado de objetos o factores que proliferan cuando aumentan con el dinero y que se asocian con un periodo de transición silenciado:

1. Todo tipo de gadjets, juguetes, carritos y andadores que distraen y separan al niño del pecho.

2.  El ocio adulto fomenta la separación madre-niño, lo que puede influir en los niveles de prolactina.

3. A casas más grandes, se tiende a dormir en habitaciones separadas y a tener mayor acumulación de juguetes infantiles.

4. El periodo de transición también se ve reducido con el mayor acceso a diferentes tipos de alimentación suplementaria y la leche de vaca, que reducen la frecuencia del amamantamiento y la prolactina.

5. Algunos tipos de ropa impiden el amamantamiento frecuente.

6. Los relojes, la televisión, la iluminación artificial no respetan los ritmos circadianos y los estímulos intrínsecos como el hambre, la saciedad, la fatiga y el comfort.

7.  Algunas prácticas médicas anticuadas pero no obstante “modernas” como el aislamiento de los niños y el uso y abuso de la analgesia obstétrica pueden tener efectos negativos en la interacción madre-niño.

8. El sistema económico animará la separación madre-hijo desde una edad temprana para que trabajen fuera del ámbito doméstico. Incluso cuando las madres no están separadas de sus niños, el periodo de transición puede ser difícil de mantener.

Después Harrell toca un tema que me toca de cerca ya que habla del colecho y del mantenimiento del contacto físico nocturno, las tomas nocturnas y sus oleadas de prolactina. ¿Por qué nos molestan tanto las tomas nocturnas a las mujeres occidentales incluso aunque durmamos con el bebé al lado? ¿Quizás porque no somos capaces de dormir y dar de mamar a la vez y por eso no descansamos bien? Para muchas mujeres el colecho no ha evitado los despertares nocturnos ni el sueño interrumpido. Muchas añoramos “dormir del tirón”, sin embargo, después de leer un libro de entrevistas a mujeres cazadoras-recolectoras Kung del desierto de Kalahari (Nisa: The Life and Words of a !Kung Woman), veo que en su cultura los niños maman también con la madre dormida. Entiendo que para intentarlo en nuestra sociedad tendríamos que mantener las precauciones habituales del colecho. Seguiremos investigando…

Cambio socioeconómico y el periodo de transición: el caso taiwanés.

 “Un asunto de particular importancia en el periodo de transición en las sociedades modernas es el del cuidado infantil en el lugar de trabajo. Jimenez y Newton estudiaron 195 sociedades en relación con la reincorporación al trabajo en el postparto; observaron que la mayor parte de las sociedades tradicionales con lactancias prolongadas permiten a las madres quedarse cerca físicamente de sus hijos mientras hacen su carga de trabajo completa”. 

En este apartado de su artículo, Barbara Harrell habla de su experiencia en los años 70 en una ciudad minera del Taiwan rural como madre lactante. Se fijó en varias cosas:

1. Las mujeres lactantes podían amamantar en público en cualquier ocasion. Los hombres ni miraban.
2.  La experiencia empírica en los pueblos probaba que los niños de pecho estaban más sanos y grandes que los de leche artificial, porque la leche de fórmula se diluía demasiado y no se esterilizaban bien los biberones. La gente del pueblo pensaba que no había que suplementar antes de los 9-12 meses y la comida que se ofrecía eran gachas de arroz. Recuerdo que la recomendación actual de la OMS es de empezar a ofrecer alimentación suplementaria a partir de los 6 meses para evitar anemia en el bebé.

3. No había horarios para el pecho, se hacía a demanda. Se utilizaban algunos chupetes.
4. La tolerancia hacia el llanto de los bebés era variada. Ninguno podía pensar que llorar era bueno para los bebés. Se solía ofrecer el pecho para callar al bebé. A medida que el bebé crecía los oídos de los cuidadores se hacían más sordos al llanto.
5. Todos los bebés compartían la cama con sus padres por la noche; la gente rural no concebía otra posibilidad. La gente no puede imaginar excluir a los niños de bodas, funerales u otro tipo de actividades de ocio. Los niños eran discretos en esos actos, que no eran solemnes ni silenciosos.
6.   Los horarios eran muy flexibles para los mineros, los de las fábricas y los colegios sí que funcionaban siguiendo el reloj.Después, enumera una serie de cambios que comenzaban a darse a raíz de la “modernización”:
1.       Los cochecitos se estaba empezando a notar en el campo, con la pavimentación. Algunos niños de la comunidad eran confinados al carrito casi todo el día.
2.       No había ningún pasatiempo para las mujeres que dejaban a los niños en casa.
3.       En las casas se estaba muy apretado, los padres y los niños compartían cama. La abuela tenía su cama, algunas veces compartida con algún niño en proceso de destete.
4.       La nutrición taiwanesa era adecuada. La gente del pueblo seguía la costumbre de alimentar a la puérpara con pollo, aceite de sésamo y arroz.
5.       La ropa estaba cambiando desde los tiempos de las abuelas. La mayor parte de las mujeres estaban utilizando sujetadores y vestidos occidentales. A pesar de la presencia ubicua de las mini faldas que temporada, las mujeres jóvenes seguían prefiriendo la posición en cuclillas durante la mayor parte de las actividades. Como sabemos las mujeres lactantes, del siglo que sea, con un vestido que no sea de lactancia no se puede amamantar porque te tendrías que subir el vestido hasta el pecho. Respecto a las cuclillas es un tema interesante del que Casilda Rodrigáñez habla también en sus libros.
6.       Los relojes y las luces eléctricas estaban presentes pero no eran destacables. Aproximadamente dos tercios de las familias tenían su propia televisión.
7.       El nacimiento de los niños estaba pasando del pueblo a las clínicas de matronas, aunque algunas mujeres preferían parir en casa atendidas por su suegra. El parto se hacía sin analgesia. La madre y el niño se quedaban en casa un mes después del parto. Se les consideraba contaminados durante ese tiempo. A las mujeres jóvenes les parecía una práctica sofocante.
8.       Algunas mujeres se estaban dedicando a tejer jerseys para la exportación.

En base a todo esto la autora hizo una investigación. Quiso probar la hipótesis de que la presencia de la suegra estaba relacionada con el declive de la duración del periodo de transición, porque parecía que las mujeres que vivían con sus suegras ofrecían biberones y destetaban más tempranamente que las mujeres que no vivían con sus suegras. “Era obvio que las mujeres jóvenes que trabajaban en la industria del tricotado tenían suegras que cuidaban de sus hijos, pero como muchas de ellas trabajaban en casa, cerca de sus niños, parecía poco probable que el trabajo en sí interfiriera con el amamantamiento a tal grado”. 

Después de hacer entrevistas vio que la duración de la lactancia materna era de 12-13 meses pero que había decrecido desde la estimación de 2 años de otros estudios nacionales realizados en los años 50 y de 17,7 en el Taiwan rural de los años 60. Se dio cuenta que su hipótesis sobre las suegras no era cierta y que no había correlación alguna entre presencia de la suegra y duración de la lactancia. Sin embargo, sí la había con el trabajo. Entre los bebés de madres trabajadoras, el 56% había suplementado antes de los 5 meses, comparado con el 24% de los bebés de las madres no trabajadoras. La única correlación que existía con las suegras era que las mujeres que trabajaban en casa necesitaban su ayuda para cuidar a los bebés, pero no eran causa de nada sino una consecuencia más asociada al trabajo monetarizado.

Había 3 razones aportadas por las mujeres para el fin de su lactancia: 1) no tener suficiente leche. 2) que el bebé había aprendido a andar, lo que significaba que era edad de destetar, 3) un nuevo embarazo. Barbara Harrell concluyó que el empleo (se entiende que trabajo remunerado) en el hogar podía asociarse con un periodo de transición reducido y que la explicación más probable era el acceso reducido al amamantamiento, una menor frecuencia de succión y, por tanto, de prolactina.

La autora reflexiona de forma muy acertada: “Todas las mujeres entrevistadas querían amamantar. Según los estándares americanos modernos lo hicieron con éxito, según los estándares preindustriales taiwaneses, no. Este declive empezó en un entorno que apoyaba mucho el amamantamiento, pero es predecible que las actitudes cambiarán para ir acordes con el acceso a la vida moderna”.

“Arrastradas por la fiebre del desarrollo tecnológico, las mujeres del Taiwan actual, no pueden distanciarse facilmente de las demandas del progreso para evaluar sus efectos en sus vidas. 
 (…) Tendrán que ser quizás los antropólogos los que tendrán que proveer al mundo con un marco cognitivo de apoyo a la lactancia contra el empuje de la modernización, así permitiendo a las mujeres elegir o rechazar el amamantamiento sobre una base distinta del ratio de fracaso”. 

Las conclusiones de su estudio no son ninguna tontería: el trabajo remunerado está asociado a una menor succión del pecho, incluso aunque se haga en el hogar y el bebé esté cerca cuidado por la abuela. Podemos decir que no tendría que ser necesariamente así, podemos usar sacaleches, podemos intentar trabajar con un portabebé para que el bebé pueda succionar mientras trabajamos, etcétera, pero que es un efecto constatado de la modernidad, es un hecho. ¿Debería respetar el trabajo asalariado que algunas mujeres no queramos renunciar a la succión frecuente por todos los beneficios que conlleva para bebé y madre, incluida la amenorrea de la lactancia? Yo creo que sí. ¿Se soluciona con guarderías en las empresas o con que nos acerquen al niño para mamar? Quizás. ¿Podría hacerse con trabajos que admitieran a nuestros hijos, como en aquel cuadro de Bilbao de “las cigarreras”? A lo mejor. La lactancia materna y la fisiología femenina tiene sus propias lógicas internas que no entienden de ideologías, sistemas económicos, políticos o laborales. Por ejemplo, la leche materna tiene defensas que pasan de la madre al hijo a través del pecho, pero poca gente sabe que la madre produce defensas en referencia al ambiente en el que se encuentra, no defensas para las posibles bacterias y virus de la guardería con los que no ha tenido contacto. De hecho, muchas guarderías no permiten entrar a las madres a las aulas. Todavía nos queda un largo camino de reflexión pero para que cada cual escoja su camino en el siglo XXI necesita observar el paisaje a vista de pájaro y reconocer las limitaciones materiales, para luchar contra ellas o adaptarse a ellas.

Conclusiones

La autora finaliza su artículo con unas conclusiones muy profundas. Constata que en antropología se ha escrito mucho sobre todo tipo de símbolos y ritos menstruales, pero no hay casi nada sobre lactancia. ¿Y cuál es la posible causa? Según ella porque en las sociedades occidentales modernas los ciclos menstruales se repiten a sí mismos “ad infinitum” mientras que la lactancia es algo inusual. Sería una especie de sesgo en la visión de la antropología actual, que no es capaz de abstraerse de la realidad actual del todo.Mientras Margaret Mead y Newton consideran la lactancia como un periodo de transición para el bebé, la autora se interesa por el fenómeno desde el punto de vista de la mujer en sí misma. La lactancia prolongada se asocia con una ausencia de menstruación prolongada y esto se ve influido por factores culturales que influyen en la frecuencia de amamantamiento. La amenorrea es la norma para las mujeres preindustriales. La menstruación en ese mundo es un estado “liminal” entre dos hijos (un concepto antropológico que se podría traducir por “transitorio”) y poco común. Si no está entre niños está en la pubertad o en la menopausia, cuando se suelen tener ciclos anovulatorios. Ese estado de estar como entre “dos tierras” es, según Harrell, lo que podría relacionarse con las ideas de magia, contaminación o aislamiento que han sido estudiados por la antropología.
 ¿Y qué del ciclo menstrual recurrente actual?
“En la sociedad occidental moderna, funcionamos continuamente en este estado sexual aumentado, este surgimiento cíclico de potentes hormonas femeninas. Pensamos que es nuestro derecho natural de nacimiento, y como mujeres nos ponemos a la defensiva ante la sugestión de que la “naturaleza” pueda afectar nuestro temperamento o juicio. Tendemos a favorecer la aceptación pública de la menstruación como una función normal y natural, aunque lo hacemos con un cierto grado de ambivalencia. Por ejemplo, en “The Curse”, un exhaustivo esfuerzo para desmitificar la menstruación, en última instancia se recomienda ratificar”el más elemental y obvio aspecto de la condición de mujer” a nuestras hijas como “la bendición de Eva”, promoviendo al mismo tiempo y con entusiasmo la extracción menstrual, el “periodo de 60 segundos” (Delaney, Lupton y Toch). (…)”La menstruación de 60 segundos de la que habla el libro de “The Curse” es una aspiración del líquido menstrual similar a un aborto temprano y que un grupo feminista difundió en los años setenta.
Pero aquí viene el párrafo más impactante y enigmático de todo su artículo de Barbara B. Harrell con el que me despido:
“El ciclo reproductivo preindustrial con su periodo de transición intensivo sugiere otra visión, que el ciclo menstrual continuo no es un atributo natural de las hembras humanas. Quizas “la maldición” (“the curse” en inglés quiere decir maldición y es un nombre coloquial de “la regla”) puede ser explicada como un artefacto de la Edad de la Tecnología, algo impuesto a las mujeres por una sociedad de la abundancia que no necesita más niños“.Recuerdo el acceso al artículo completo en inglés:  http://es.scribd.com/doc/184969547/Lactation-and-Menstruation-in-Cultural-Perspective

Experiencias sin pañales con un niño de 25 y 26 meses

Hoy hago crónica doble porque realmente los 25 meses fueron más o menos como el mes anterior y no ha sido hasta que ha cumplido los 26 meses (dos años y dos meses) que las cosas han vuelto a cambiar. Si antes todos los días había algún pantalón mojado en el momento más insospechado ahora ya nos avisa bastante o se espera a que le llevemos al w.c./orinal. Muchos días ya no salgo ni siquiera con ropa de recambio y, si llevo un pantaloncito extra, se queda limpio en el bolso sin usar. Como hace buen tiempo, le llevo con chanclas que, si se mojaran, se secan pronto.

Creo que un factor fundamental ha sido que ha crecido y en algún momento esto iba a ocurrir por sí solo. También ha ayudado que sus abuelos, con los que se queda tres tardes a la semana, también creen que no necesita pañal y también le ponen, se lo recuerdan por su cuenta, y él también se lo pide a veces. Como siempre, hablo del pis, la caca ya la pedía independientemente de la casa en la que estuviera.

Respecto al tema de avisar o no quiero comentar una cosa más. Hoy todavía, aunque ya todos los días sean “días secos” desde hace 3 semanas, hay que preguntarle si quiere hacer pis. A veces simplemente le llevo al arbolito del parque sin preguntarle, como hacía antes, pero ahora sé que él es más consciente y, si tiene ganas, él mismo me da la mano y me lleva. Veo mucha más voluntad e iniciativa propia por mantenerse limpio que antes.

Cuando termina le animo a que se suba el calzoncillo y los pantalones, él tira por delante y yo le ayudo a subirlos por el culete. Después, si está en el reductor, le gusta tirar de la cadena o, si está en el orinal, tirar el pis a la taza del w.c..

Por las noches sigue usando pañal y no hay ningún cambio, no ha habido más noches secas y además bebe mucha agua al acostarse y durante la noche (además de leche algunas noches, que estamos en proceso de destete…).

¿Será otro momento transitorio? Nunca se sabe, porque las cosas cambian mucho de mes en mes. Os lo contaré en próximas crónicas, por si mi experiencia puede servile a otras personas que quieran experimentar con el mundo “sin pañal”. Es importante recordar que cada niño y cada familia es diferente y lo que le vale uno no le vale a otro. Pero una cosa es segura, el abanico de posibilidades es mucho más amplio de lo que nos habían contado… ¡Un abrazo!

Me despido con un bailecito que nos echamos hace poco en una fiesta de artesanía:

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens. Traducción de un artículo de Beverly I. Strassmann

Hoy me limito a presentar una traducción de un artículo de la antropóloga Beverly Strassmann. Lo he intentado traducir de la mejor forma posible pero si alguien detecta algún error de traducción puede comunicármelo en los comentarios. Las negritas para resaltar algunas partes son mías, no están en el original, pero creo que pueden resaltar lo que a mi me ha parecido más llamativo. Hay que tener en cuenta que es un texto antropológico, no divulgativo, por eso tiene partes muy estadísticas. Agradezco a Beverly Strassmann haberme permitido traducir y divulgar su artículo, que se puede consultar en su version íntegra en inglés y con todos sus gráficos en el siguiente enlace:

http://www.academicroom.com/article/biology-menstruation-homo-sapiens-total-lifetime-menses-fecundity-and-nonsynchrony-natural-fertility-population

Este texto me ha hecho reflexionar sobre cómo en la sociedad actual pensamos que menstruar toda la vida de forma ininterrumpida es normal, incluso positivo o sano. La realidad es que es un patrón relativamente nuevo en la especie humana e incluso tiene algunos riesgos para nuestra salud. ¿Nos encontramos quizás ante un pequeño gran desfase entre nuestra biología y los hábitos reproductivos modernos? ¿Cuáles serán las consecuencias a nivel evolutivo? No lo sabemos. En cualquier caso, mejor tratar de comprender el fenómeno, dudar, tirar del hilo y seguir investigando para poder tomar decisiones informadas en el siglo XXI. ¡Allá va el texto!

La Biología de la Menstruación en el Homo Sapiens: El total de menstruaciones en toda una vida, fecundidad y asincronismo en una población de fertilidad natural.

Autora: Beverly Strassmann. Departamento de Antropología, 1020 LSA Building, University of Michigan, Ann Arbor, Mich. 48109-1382, USA (BIS@umich.edu).18 VII 96

Los estudios de biología reproductiva femenina en humanos se limitan casi todos a mujeres que pasan la mayor parte de sus años reproductivos con ciclos menstruales. Teniendo en cuenta que la biología reproductiva humana evolucionó cuando el embarazo y la lactancia eran los estados reproductivos usuales (Short 1976) es importante tener en cuenta los patrones reproductivos en las poblaciones de fertilidad natural. En estas poblaciones, las parejas no intentan controlar su fertilidad de una manera dependiente de la paridad (Henry 1961). Johnson et al (1987) condujeron una investigación longitudinal de la menstruación en una sociedad no-contraceptiva, los Gainj de Papua Nueva Guinea, pero su muestra incluía solamente 40 ciclos menstruales de 36 mujeres. Bentley, Harrigan y Ellison (1990) monitorizaron 178 ciclos menstruales entre los Lese de Zaire, pero como había una enfermedad venérea endémica, muchas mujeres Lese eran estériles y por lo tanto mostraban el patrón occidental de menstruación repetida sin quedarse embarazadas. Aquí presento los primeros datos prospectivos y a largo plazo sobre la menstruación en una población de fertilidad natural, los Dogon de Mali. La muestra incluye 477 ciclos menstruales no truncados en 58 mujeres. Me centro en tres preguntas específicas: (1) ¿Desde la menarquía a la menopausia, cuántas reglas experimentan las mujeres Dogon durante su vida? (2) ¿Cuál es el patrón que siguen las menstruaciones durante toda la vida? y (3) ¿Sincronizan las mujeres Dogon sus menstruaciones?

Los Dogon son cultivadores de mijo del Sahel y tienen un ratio total de fertilidad de 8.6 * 0.3 nacimientos vivos por mujer (Strassmann 1992). Proveen una rara oportunidad de monitorizar el estatus reproductivo femenino en una sociedad preindustrial porque existen estrictos tabúes que requieren que las mujeres menstruantes sean segregadas por la noche en cabañas especiales. La función de estos tabúes y de la menstruación en sí ha sido considerada en otros lugares (Strassmann 1992). A través de un censo nocturno (N = 736 días) de las mujeres presentes en las dos tiendas menstruales del pueblo estudiado (Julio 1986 – Julio 1988), ha sido posible detectar el inicio de la menstruación sin entrevistas y así evitar errores en el recuerdo o a la hora de informar. Una comparación del calendario de las visitas de las mujeres a las cabañas menstruales con perfiles hormonales de las mujeres (pregnanediol urinario-3, glucurónido y estrona-3-glucurónido) indicaron que las mujeres (N=70) fueron a las cabañas de menstruación durante el 86% de sus reglas y que se quedaron fuera de las cabañas cuando no estaban menstruando (Strassmann 1996b). Monitoreo prospectivo de 25 embarazos indicó que todos los 25 nacimientos ocurrieron aproximadamente nueve meses después de la última visita de la madre a las cabañas de menstruación (Strassmann 1992). Estos resultados confirman que que si una mujer Dogon visita una cabaña de menstruación está de hecho menstruando.

El ciclo menstrual prolongado de las mujeres occidentales se ha invocado como un factor de riesgo de cáncer del aparato reproductor (Short 1976, Eaton et al. 1994), una de las principales causas de mortalidad. ¿Pero cuántas menstruaciones solían experimentar las mujeres antes de la llegada de la anticoncepción? Debido a la dificultad de recopilar la información precisa sobre la menstruación en entrevistas, hay pocos datos disponibles para responder a esta cuestión. Eaton et al. (1994) calculó que en los cazadores-recolectores las mujeres que pasaban de la menopausia experimentaban aproximadamente160 ovulaciones en su vida, pero esta estimación no se basa en datos empíricos de la menstruación o de la ovulación entre los cazadores-recolectores.

NÚMERO TOTAL DE MENSTRUACIONES A LO LARGO DE LA VIDA.

Tomé ​​registros objetivos de la asistencia a la choza menstrual, como lo corroboran los datos hormonales, para determinar el número de menstruaciones experimentado por las mujeres Dogon a lo largo de la vida, asumiendo su supervivencia a la menopausia. En mi muestra, la mediana de edad de la menarquía era 16 y la mediana de edad de la menopausia era 50. El número medio de visitas a la choza en una vida era de 110 y la mediana era 94. Estos valores fueron calculados como la suma del número medio (o de la mediana) de visitas a la choza de cada edad (las mujeres individuales que no visitaron las chozas a una edad particular porque estaban embarazadas o en amenorrea contribuyeron un valor de cero a la computación). Para corregir las menstruaciones detectadas hormonalmente que no fueron señaladas en una visita a las chozas menstruales, dividí el número total de menstruacionesa cada edad por 0.86. Después de esta corrección, el número medio estimado de menstruaciones en la vida era 128 y la mediana era 109.

Una médico estadounidense que registró todas sus menstruaciones a lo largo de su vida y que tuvo 3 nacimientos tuvo un total de 355 ciclos menstruales. (Treloar et al. 1967). Su experiencia menstrual abarca 32 años en lugar de los más típicos 38 años de las mujeres estadounidenses, por lo que ella pudo haber tenido un menor número de menstruaciones que la media de la mujer estadounidense. De todos modos, Treloar et al. informan que hasta su primer embarazo la longitud de su ciclo era al menos dos días más corto que la media, lo que cancela parcialmente el efecto de una experiencia menstrual corta. Eaton et al (1994) estiman que las mujeres estadounidenses tienen un total de cerca de 450 ovulaciones. Su estimación asume que desde la menarquía a la menopausia el 96% de los ciclos menstruales son ovulatorios. En los años de la postmenarquía y de la perimenopausialas mujeres tienen muchos ciclos largos anovulatorios (Baird, 1985), así que las estimaciones de Eaton et al de 450 ovulaciones en una vida son probablemente demasiado altas. Con fines comparativos, yo asumo que 400 menstruaciones a lo largo de la vida no son inusuales en las mujeres estadounidenses. La mediana de 109 menstruaciones a lo largo de la vida entre las mujeres Dogon es un cuarto de este valor. Dado que los Dogon son sedentarios y agricultores, la alta frecuencia de menstruaciones encontrada en tantas poblaciones contemporáneas humanas probablemente se originó no con la agricultura sino con el control de los nacimientos.

PATRÓN DE LAS MENSTRUACIONES.

Los datos también revelan características del patrón de la menstruación sobre las historias de vida de las mujeres. La frecuencia de la menstruación entre las mujeres Dogon tiene una relación con forma de “U” con la edad entre la menarquía y la menopausia (fig. 2). Para mostrar esta relación más claramente, el gráfico excluye a las mujeres que estaban constantemente embarazadas o en amenorrea, y se presentan los dos años enteros de datos. Las mujeres por debajo de 20 años tuvieron una media de 10.8 y 3.3 menstruaciones en dos años, las mujeres entre 20-34 años tuvieron 3.8-0.6 menstruaciones, y las mujeres de 35 años y más tuvieron 12.9 2.2 menstruaciones. Este resultado es consistente con los informes de que la fecundidad tiene una relación inversa en forma de “U” con la edad (Bendel and Hua 1978, Jain 1969, Wood and Weinstein 1988). Una variable de confusión potencial es la frecuencia coital, pero las numerosas menstruaciones entre las mujeres menores de 20 años son probablemente debidas a la subfecundidad adolescente porque las mujeres de estas edades ya tenían compañeros sexuales regulares. De hecho, es normativo entre las mujeres Dogon empezar con las relaciones sexuales antes de la menarquía. La frecuencia menstrual baja entre las mujeres de 20-34 años refleja un ratio muy alto de embarazos (fig. 3) y de supresión lactacional de la ovulación (tabla 1). En el estudio de dos años, tener ciclos menstruales era el estado reproductivo más largo para las mujeres más jóvenes (menos de 20 años) y las mayores (más de 34 años), mientras la amenorrea de la lactancia era el estado más largo para la primera edad reproductiva de las mujeres (20-34 años). Después de los 34 años, la frecuencia de la menstruación caía dramáticamente y el ratio de embarazos se desplomaba. Este cambio puede ser atribuído a la fecundidad reducida, menor frecuencia coital en los matrimonios de larga duración, y la mayor mortalidad intrauterina al final de los años reproductivos (Strassmann 1990, Wood 1989).

El perfil reproductivo de la mujer (N = 122) en el pueblo estudiado es mostrado en la figura 4. En los 736 días del estudio la proporción media ( + estandar de desviación) de las mujeres que tenían ciclos menstruales en un día determinado era 0.25 + 0.01; 0.16 k 0.04 por día estaban embarazadas, 0.29 + 0.04 estaban en amenorrea de la lactancia, y 0.31 + 0.006 eran postmenopaúsicas. (Estar dentro del ciclo menstrual fue definido como el intervalo desde el primer día de la primera menstruación postparto hasta el primer día de la última menstruación antes de un embarazo reconocido; el embarazo fue definido como el intervalo desde el segundo día de la última menstruación hasta el día del nacimiento o el aborto; la amenorrea de la lactancia fue definida como el intervalo desde el día después del nacimiento o aborto hasta el día después de la primera menstruación postparto). En cualquier día determinado, la subfecundidad de la mujer fue sobrerepresentada sobre las mujeres con ciclos menstruales. Las mujeres más fecundas concebían en una de sus primeras ovulaciones postparto y en seguida “caían fuera de la piscina” de las mujeres que regularmente menstruaban. Por ejemplo, entre las mujeres con edades comprendidas entre lo 20-34 años, solamente dos eran estériles, y tenían 23 y 29 menstruaciones cada una de ellas durante los dos años del estudio. La otra mujer en su cohorte de edad tuvo una media de solo 3.8 + 0.6 menstruaciones. Así que las menstruaciones regulares eran un signo de esterilidad, no de fecundidad.

Cuando la duración del ciclo menstrual era calculada por la asistencia a las chozas menstruales, la mediana de la duración de los ciclos menstruales medios de las mujeres era de 30 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fueron 30.0 y 32 días, respectivamente; N = 58 mujeres, 477 ciclos; el rango de edad fue 15 a 53 años, la media de edad * la desviación estandard fue 30.9 + 9.7 años). Cuando los ciclos más largos de 46 días (N = 73) o más cortos de 17 días (N = 4) fueron excluidos por ser valores atípicos como fueron definidos por Wilkinson (1990:550), la mediana de las duraciones medias de los ciclos menstruales fue 28.5 días (el límite más bajo y el más alto de confianza al 95% fue 27.5 y 29 días, respectivamente; N = 54 mujeres, 400 ciclos). La duración estimada del ciclo en cualquier población refleja la estructura de edad de la muestra, pero la duración del ciclo en las Dogon es biológicamente indistinguible de la duración del ciclo de las poblaciones occidentales (Chiazze et al. 1968, Treloar et al. 1967, Vollman 1977).

SINCRONÍA MENSTRUAL

McClintock (1971) informó de que la interacción social causaba que los comienzos menstruales de los grupos de amigas que comparten dormitorio se acercaran dos días en un período de cuatro a seis meses. Ni McClintock ni los subsecuentes investigadores encontraron ninguna tendencia de las menstruaciones a hacerse concordantes, pero al fenómeno se le llama con el equívoco término “sincronía menstrual”. En análisis cuidadosos, Wilson (1987, 1992) mostró que tres errores estadísticos socavan la evidencia de McClintock así como las de las de investigadores posteriores (Graham y McGrew 1980, Quadagno et al. 1981, Preti et al. 1986): (1) fracaso para corregir la convergencia de inicios menstruales por casualidad, (2) exageración de las diferencias de partida en los inicios a través del cálculo equivocado, que conduce a una impresión errónea de sincronización con el tiempo, y (3) posible sesgo de muestreo. Strassmann (1990) planteó preocupaciones adicionales que tienen que ver con la novedad evolutiva del estudio de poblaciones y las inconsistencias en los hayazgos a través de los estudios, sugiriendo la posibilidad de efectos aleatorios. Por otra parte, hay tres estudios que no encontraron evidencias de sincronía en las poblaciones occidentales (jarett 1984, Wilson, Hildebrandt Kiefhaber, and Gravel 1991, Trevathan, Burleson, y Gregory 1993). A pesar de la escasez de datos de apoyo, muchos investigadores continúan aceptando la existencia de sincronías menstruales en lugar de confrontar los asusntos metodológicos que Wilson planteó (Graham 1991, Weller y Weller 1993).

Antes del estudio de Dresent no había tests publicados sobre la sincronía menstrual en poblaciones con fertilidad natural. La ausencia de sincronía en esas poblaciones tendría dos importantes implicaciones: (1) debilitaría seriamente la hipótesis (Burley 1979, Turke 1984) de que la sincronía menstrual es adaptativa, y (2) refutaría la tan extendida suposición entre los antropólogos de que la sincronía menstrual ocurría en las sociedades preindustriales (Buckley 1988, Knight 1988). En las poblaciones de fertilidad natural, el embarazo y la amenorrea imperidían que las mujeres tengan ciclos menstruales concurrentemente, pero la posibilidad de sincronía puede ser probada entre las restantes mujeres. Entre las mujeres Dogon de todas las edades que tenían ciclos menstruales durante el presente estudio, la mediana del número de menstruaciones en dos años fue 6.0. McClintock (1971) informó de que la mayor parte de la sincronización en su estudio fue situada en aproximadamente cuatro ciclos. Si es así, entonces muchas mujeres Dogon tuvieron suficientes ciclos para sincronizarse, particularmente en la cohortes de edad menores de 20 años y mayores de 34 años.

En vista de lo anterior, puse a prueba la sincronía menstrual en los Dogon. Para evitar los errores metodológicos discutidos por Wilson (1992) introduje dos aproximaciones estadísticas. Usando la regresión de Cox (Cox 1972, Dixon 1992) pregunté si, en cualquiera de los ciclos, el riesgo de una mujer de menstruar era influenciado por el número de las otras mujeres que estaban menstruando. El número de otras mujeres menstruando fue calculado como tres variables independientes diferentes: “Pueblo” se refiere a todas las otras mujeres del pueblo; “linaje” se refiere a todas las otras mujeres que vivían en un particular linaje de familiares masculinos; y “unidad económica” se refería a las mujeres que habitualmente trabajaban juntas y comían juntas. Estas variables capturan, con el aumento del grado de cercanía, las tres principales niveles de interacción social entre las mujeres. Este análisis es modelado como sigue: hilt) = ai(t).epx(t) donde hi(t) es el riego “ith” de que una mujer menstrúe en un tiempo “t” y ai(t) es es la tasa de riesgo de referencia para la mujer “ith” y x(t) es una variable explicativa en función del tiempo probada individualmente. Los tres coeficientes no eran significativos, proporcionando ninguna evidencia de la sincronización.

Si la sincronía menstrual es causada por el ciclo lunar (Pochobradsky 1974, Law 1986, Cutler et al. 1987) u otros ritmos ambientales (Little et al. 1989) entonces debería ocurrir en todo el pueblo. De acuerdo con la hipótesis nula de la asincronía, los inicios de las menstruaciones de mujeres diferentes deberían ser independientes, y por lo tanto el número de inicios por día debería encajar en la distribución de Poisson. De acuerdo a la hipótesis alternativa de la sincronía, los inicios menstruales deberían estar agrupados. Bajo la hipótesis nula, el número esperado de inicios por día, E(N), iguala al número de mujeres en riesgo de menstruar en un día concreto (por ejemplo en ciclo menstrual y no estando embarazada ni en amenorrea) dividido por el número de días de riesgo. Siguiendo esta lógica, calculé el número esperado de inicios E(Nt) para cada día (t) dividido por el número de días en la ventana. En los 736 días del estudio, el número de días observado y esperado con 0, 1, 2, 3 y 4 inicios no diferió significativamente = 1.50, d.f. = 4). Por lo tanto la hipótesis nula de que los inicios menstruales de las mujeres eran independientes no pueden ser rechazados.

Entre los Dogon la luz eléctrica está ausente, así que las condiciones eran favorables a probar específicamente la sincronía lunar. Probé la regresión de Cox para preguntar si el riesgo de que una mujer menstruara estaba influenciado por la fase lunar. La fase lunar fue expresada como una variable categórica de tiempo con una variable control para cada una de las cuatro fases lunares. El análisis fue estratificado por mujer (N = 58), y cada ciclo (N = 477) fue una observación. Ninguno de los coeficientes fue significativo, ninguno probó evidencia de sincronía lunar.

La falta de soporte empírico para la sincronía menstrual en los Dogon y en las poblaciones occidentales no establece la ausencia del fenómeno en todas las especies, pero desplaza la carga de la prueba en aquellos que argumentan que el fenómeno existe. La evidencia de la sincronía también debería incluir un entendimiento de los mecanismos por los cuales la sincronía es lograda. En el presente, las feromonas y las influencias ambientales que supuestamente causan la sincronía en humanos no ha sido identificada. McClintock (1981) argumenta que la sincronía menstrual es un efecto secundario sin función de los mecanismos que son adaptativos a diferentes contextos. Sin embargo, este contexto permanece oscuro. La sincronía sí ocurre en otros sistemas biológicos (sincronía de eclosión, la luciérnaga intermitente, la descarga neuronal, por nombrar algunos), pero en estos casos la función de la sincronía se comprende mejor. Wallis (1985, 1992) informó de sincronía en los hinchazones de los celos en las chimpancés (Pan troglodytes), pero su metodología no está clara y parece violar las asunciones subyacentes a sus pruebas estadísticas. Por ejemplo, en el estudio de chimpancés cautivos, su test chi-cuadrado violaba la suposición de independencia en las observaciones. Las explicaciones adaptativas para la sincronía menstrual en humanos asumen la concordancia de ovulaciones y de periodos fértiles superpuestos (Burley 1979, Turke 1984), pero si los ciclos de las mujeres consiguen solo dos días de acercamiento en cuatro a seis meses (McClintock 1971) el impacto en el momento de concepciones es probablemente despreciable.

Si la sincronía menstrual existe, entonces durante la sincronización por lo menos algunas mujeres deberían acortar o alargar sus ciclos menstruales para acercar sus inicios de menstruación a los de las mujeres con las que se están sincronizando. La plausibilidad de tal ajuste necesita ser evaluada a la luz de otros determinantes del ciclo menstrual. En poblaciones con fertilidad natural, muchos ciclos incluyen embarazos transitorios que fallan solo después de unos días o semanas, resultando en una bajada hormonal, que entonces dispara la menstruación. En estos ciclos, el momento de la menstruación y de la duración del ciclo menstrual están determinados por el momento del embarazo fallido (Wilcox et al. 1988). Entre las mujeres estadounidenses sin anticonceptivos, el embarazo ocurrió en el 28% de los ciclos menstruales (N = 707 ciclos), y 31% de esos embarazos terminó en pérdida (Wilcox et al. 1988). Así, en 28% de los ciclos, la sincronía menstrual podría haber sido impedida por un embarazo.

Muchos otros factores también afectan la duración del ciclo y reducen la potencial sincronía menstrual. Por ejemplo, largos, intervalos irregulares entre menstruaciones están asociados con anovulaciones en los años posteriores a la mernarquía y anteriores a la menopausia (Baird 1985). Entre las mujeres de la primera edad reproductiva, los ciclos irregulares y anovulatorios están asociados con un equilibrio energético negativo (Ellison 1990), la lactancia (Howie y McNeilly 1982), y el estrés psicosocial (ver Wasser y Barash 1983). En un estudio de 275.947 ciclos en 2.702 mujeres estadounidenses, Treloar et al. (1967) concluyó que el ciclo menstrual está “caracterizado por la variabilidad mas que por la regularidad”. A la edad de 20, la duración mediana del ciclo menstrual fue 27.8 días y la diferencia entre el percentil 10 y el 90 para una desviación estándar persona-año fue 6.3 días. La variabilidad de la duración del ciclo alcanzó un mínimo a los 36 años, cuando la mediana de la duración de ciclos era 26.6 días y la diferencia entre los dos percentiles era 3.6 días. La variabilidad inherente de la duración del ciclo tiene dos componentes: (1) las periodicidades diferentes (duración del ciclo) de mujeres diferentes, y (2) la variabilidad sustancial dentro de la mujer entre en la longitud de su propio ciclo (Treloar et al. 1967, Vollman 1977). Ambos son obstáculos para la sincronía.

Dada la escasez de pruebas, es sorprendente que la creencia en la sincronía menstrual esté tan extendida. Sugiero que esta creencia proviene, en parte, de un popular malentendido sobre cómo de separados se esperaría que estuvieran los inicios de dos mujeres por solamente el azar. Si dos mujeres tienen un ciclo menstrual de 30 días, lo máximo que pueden estar fuera de fase es 15 días, y, en promedio, se esperaría que sus inicios estuvieran 7-5 días separados (Wallis 1985, Strassmann 1990, Wilson 1992).

La mitad del tiempo de sus inicios debería estar más cerca de 7-5 días. Si la sincronía menstrual entre amigas tiene una atracción psicológica, entonces los inicios que están muy juntos pueden causar una mayor impresión que los inicios que son dispares.

Canciones ancestrales y viejunas…

Hace casi diez años que murió mi abuelo, un hombre oriundo de Fuenterrebollo, y le quiero recordar con este juego-canción que me enseñó. Se ponen todos los puñetes de los participantes unos encima de otros y el que empieza pregunta de quién son. El último puñete es la “arqueta”:

A: ¿Qué es esto?

B: Un puñete

A: Pues quítale quete.¿Qué es esto?

B: Una arqueta.

A: ¿Y qué hay en ella?

B: Pan y manteca.

A: ¿Y quién la metió?

B: El rey que pasó.

A: ¿Y dónde está el rey que pasó?

B: A matar palomitas en un palomar.

A: ¿Y con qué las mata?

B: Con una escopetita de plata.

A: ¿Y con qué las guisa?

B: Con una sartén de risa.

A: ¿Y dónde hecha los huesos?

B: Al rincón.

A: ¿Y la ternilla?

B: A la orilla.

A. Pues quien se ría un bofetón. Mmmmmmmmmm (todos hacen ese ruido con los labios mientras dan vueltas a los puños sobre un eje imaginario entre los dos codos y quien se ría, ¡bofetón! Flojito, ¿eh? :)

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Esta otra canción me la enseñó la mujer de mi tío, creo que su familia es de Tomares:

A la tatara Tusa

Jarrita mear

Amagar, amagar pero no dar

Dar sin duelo,

que se ha muerto el abuelo.

Dar sin reir,

que se ha muerto el tío Valentín.

Que toquen las esquilillas,

con agallas y agallillas

Que toquen los epilones,

con agallas y agallones.

Te mando de penitencia que… “le des un besito a mamá” (la penitencia que sea).

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Recotín, recotán

de la vera, vera, van

del palacio a la cocina

¿Cuántos dedos tienes encima?

Respuesta: si lo adivina, no se dice nada. Si no lo adivina: “Si hubieras dicho ____ te ahorrarías de penar (y se repite toda la canción).

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Aserrín, aserrán (esta es muy conocida pero con una frase más que yo no conocía)

Maderitos de San Juan

Los del rey asierran bien

Los de la reina también

¿Y los del Duque? Truque, truque (cosquillas)

Los de adelante corren mucho.

Lo de atrás se quedarán

Experiencias sin pañales con un niño de 24 meses

Si el mes pasado parecía que llegaban los días “secos” para quedarse este ha sido el mes de volver al charquito diario.

Es curioso porque, como acaba de cumplir los dos años, ya empiezo a ver a niños de su edad, o unos meses más, en proceso de dejar el pañal y lo cierto es que ¡estamos en el mismo punto! Los papás y mamás suelen decirme que para ellos es más fácil que les avisen el pis, cuando en nuestro caso es al revés, avisa todas las cacas y el pis no. Aquí se ve de forma clara que la higiene natural del bebé no es un método de dejar el pañal ni adelanta ni fuerza ningún proceso, cada niño es diferente y tiene también su ritmo.

Este mes se ha caracterizado por volver a los 0-1-2 pantalones mojados o charquitos diarios de los últimos meses. Nos avisa el pis cuando lo está haciendo o lo acaba de hacer. Es bastante gracioso porque nos coje de la mano y nos lleva al lugar señalando con el dedo… Lo limpiamos, le decimos que el pis no se hace en el suelo, que nos avise un poquito antes para ir al w.c. y ale, a seguir con la vida.

Por las noches, como siempre mama y pide muchísima agua antes de dormir, es rara la noche seca. Sin embargo, he notado que las noches en las que está realmente agotado, quizás porque duerme más “del tirón”, no sé, se despierta con el pañal seco. Misterios de la vida…

La verdad es que la mayor parte de los días el charquito viene cuando hay una visita o quedo con alguien y me pongo a charlar y se me pasa el ir al servicio con él. Tampoco me parece nada dramático, la vida es así, llevo un recambio de pantalón y zapatos y punto. También hubo un día en que fuimos a la casa del pueblo y le tuvimos totalmente asilvestrado por el campo, sin pañales y sin ponerle, cambiando pantalones si se mojaba y ya está.

Pero lo normal es estar todo el día en calzoncillos y bien, si le vamos llevando al baño cuando parece que tiene ganas, podemos mantenerle seco sin problema. Cojo el metro, el autobús y sé perfectamente que no se lo hará encima. Pero la pregunta del millón es… ¿Cuándo será capaz de avisarnos antes de hacer pis? Desde luego, todavía no es el momento.

¡Y así seguimos aprendiendo y experimentando con la vida fresquita, primaveral y sin pañales! El próximo mes más…

Marvin Harris, Antropología Cultural

antropología+cultural

Y sigo recopilando información sobre la amenorrea de la lactancia y la fertilidad, esa gran desconocida en nuestra sociedad y en el sector sanitario, aunque bastante conocida en Antropología… Esta vez cito un libro del antropólogo Marvin Harris, “Antropología Cultural”:

“Pg 45: Lactancia

La amenorrea (alteración del ciclo menstrual) es un síntoma típico de la lactancia natural. El efecto está asociado a la producción de prolactina, una hormona que regula la actividad mamaria. La prolactina, a su vez, inhibe la producción de hormonas que regulan el ciclo ovulatorio (Aso y Williams, 1985). Parece ser que existen varios factores bioculturales que controlan la duración de la amenorrea debida a la lactancia. En primer lugar, está el estado de salud de la madre y su dieta. Otros factores se refieren a la intensidad de la succión, que está determinada por la edad a la cual el niño es alimentado con comidas blandas suplementarias, y también es otro factor el número de veces que se le da el pecho al niño. Mientras que aún se discute la relativa importancia de estos factores (Bongaarts, 1980, 1982; Frisen, 1984), queda claro que, bajo condiciones favorables, la lactancia prolongada puede dar como resultado el espaciar los embarazos a intervalos de tres a más años, con un grado de fiabilidad comparable al de los modernos métodos anticonceptivos, mecánicos y químicos (Short, 1984:36). Sin embargo, hay que ser muy prudentes a la hora de sacar conclusiones y pensar que cualquier grupo social es capaz de ajustar su índice de fertilidad hacia arriba o hacia abajo simplemente intensificando y prolongando la lactancia. La lactancia prolongada no puede tener lugar si las madres no están adecuadamente alimentadas. Y lo que es más, debido a que la leche materna es deficiente en hierro, su uso como única fuente de alimento más allá de los seis meses podría ser causa de anemia en el niño.”

Como siempre, dejo información actualizada sobre este tema y sobre el MELA (método anticonceptivo de la amenorrea de la lactancia), publicada por UNICEF.